Lo que vino después de la caída del muro

Por Victoria Cupe

El 9 de noviembre se ha convertido en una fecha un tanto especial en la historia alemana. Se conoce este día como Schicksalstag o “día del destino” puesto que en diversos años, pero siempre en la misma fecha, acontecieron varios sucesos importantes como lo fueron la abdicación del káiser Guillermo II en 1918 dando fin al II Reich; el Putsch de Múnich de 1923, ese fallido golpe de estado que concluyó con la encarcelación del futuro Führer; la noche de los cristales rotos (Kristallnacht) en 1938 que se convertiría en el pogromo contra judíos en Alemania y Austria más conocido del Nacionalsocialismo; o la caída del muro de Berlín hace justo treinta años.

¿Somos un pueblo? ¿Quiénes?

La caída del muro de Berlín cuenta como uno de los grandes hitos de la historia contemporánea. En el treinta aniversario de su caída, se continúa celebrando este evento por significar un símbolo de libertad, de cambio, de unidad del “pueblo alemán”. Una de las escenas más recordadas es la de centenares de personas reivindicando el sentimiento de unidad gritando en las calles “Wir sind ein Volk!” (¡somos un pueblo!).

En la actualidad, cuando se intentan explicar fenómenos como el aumento de la xenofobia en el país, el auge de la ultraderecha en el plano político, o la desigualdad económica entre Este y Oeste, se insta frecuentemente a volver la vista atrás entendiendo la división de este país como pieza clave de sus problemas. Por su parte, otras voces críticas condenan la dejadez de la narrativa hegemónica de la historia pre- y post-reunificación que olvidan deliberadamente a determinados ciudadanos: ¿a quiénes se incluía en ese “somos un pueblo” y a quiénes se dejaba fuera?

Aminata Cissé Schleicher lo tiene claro: los afroalemanes no eran necesariamente vistos parte de ese pueblo. Semanas antes de la caída del muro, comenzaron a tener lugar manifestaciones cada lunes en señal de protesta contra el gobierno en la ciudad de Leipzig, situada en la ahora extinta República Democrática Alemana (RDA). La consigna gritada por manifestantes era similar a la que se adaptó posteriormente para reivindicar la unidad: “Wir sind das Volk!” (¡somos el pueblo!). En una de estas manifestaciones, una de las personas manifestantes le indicó a Aminata, nacida en esa ciudad, que ese no era su lugar; que la manifestación era para alemanes. Ella no era parte del pueblo.

¿Cambio? Sí. Pero no necesariamente a mejor.

Mientras que muchas personas vivieron aquel 9 de noviembre de 1989 con júbilo y euforia, otras tantas experimentaron más bien desconcierto, confusión, miedo o inseguridad. Un ejemplo de esto es el caso de los más de 93.000 trabajadores contratados (Vertragsarbeiter) en la RDA, dado que peligraba su sustento, permanencia y estatus legal en el país. En muy poco tiempo pasaron de poder trabajar con todo en regla a enfrentarse a un posible desempleo, a estar en situación de indigencia y a una repatriación forzada. Habían llegado como mano de obra barata, pero con la inminente extinción de la RDA ya no eran necesarios: tenían que irse. Muchxs vivieron esta situación con escasos conocimientos de la lengua local y sin nadie que les informara de qué les iba a pasar.

Trabajadores de contrato en la RDA. Fotograma del documental Honeckers Gastarbeiter: Fremde Freunde in der DDR de Lutz Rentner y Tom Franke.

Trabajadores de contrato en la RDA. Fotograma del documental Honeckers Gastarbeiter: Fremde Freunde in der DDR de Lutz Rentner y Tom Franke.

A partir de la década de los 1950, la firma de convenios de solidaridad y de cooperación fraternal facilitaron que gente de muchas partes del mundo llegase a la RDA para estudiar o trabajar, y así servir como impulso económico al bloque comunista. El grueso de estxs trabajadores provenía de Vietnam, pero otrxs tantxs eran de países tales como Mozambique, Angola o Cuba. En la televisión de aquella época se podían ver de vez en cuando noticias sobre la lucha de diferentes naciones contra los vestigios del (neo-)colonialismo y la lucha por su independencia. Sin embargo, el hecho de que poco a poco fuese llegando más y más gente procedente de estos sitios, ni contribuyó a que las personas originarias de estos otros países dejasen de ser percibidas exóticas y lejanas, ni evitó que se proyectaran falsos estereotipos dañinos. Una de las principales causas de ello es que entre las cláusulas contractuales que habían firmado estas personas para ir a la RDA, se explicitaba la prohibición de tener contacto con personas locales fuera de las horas de trabajo. Se les indicaba también que debían vivir apartadas, en residencias para trabajadores, y algunas de las trabajadoras corrían el riesgo de ser deportadas o de que se les realizase un aborto en caso de quedarse embarazadas. Estaba claro que no se perseguía una dimensión integradora. El muro, que para la RDA servía de cinturón de defensa antifascista, no evitó que estxs trabajadores sufrieran al menos entre 700 y 8.600 ataques racistas y de la extrema derecha, varios de ellos con desenlaces trágicos, dependiendo de las fuentes que se consulten.

En los últimos días, centenares de personas en Twitter, bajo el hashtag #baseballschlägerjahre (en español: los años del bate de béisbol), están compartiendo historias personales de cómo vivieron los años posteriores a la caída del muro, en la década de 1990, en relación con los ataques violentos de neonazis con bates de béisbol, cadenas, navajas, puños, barras de metal, piedras, pistolas de gas, cócteles molotov, etc. Dichas vivencias rechazan la idea de que este tipo de violencia sea nueva o puntual, sino que se trata de ataques que ya se daban antes de la caída del muro tanto a un lado como a otro, y que no hicieron más que aumentar en número y virulencia tras la caída del muro ante la frecuente impasibilidad de las fuerzas del orden y seguridad del estado que parecía velar únicamente por una parte del pueblo.

Lo que vino tras la euforia de la caída del muro, para muchas personas en la Alemania del cambio y la libertad, no fue el sentimiento de un pueblo unido, fue el miedo.